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'El senderos nos da tanto'

 Al principio nadie hablaba. Caminábamos  lento entre árboles húmedos y piedras antiguas, y cada paso parecía un diálogo privado con el cansancio. Éramos seis, distintos en edad, carácter y silencios. Caminábamos porque alguien lo propuso, pero sin saber muy bien qué buscábamos ni para qué aceptamos.

Paso a paso nos aventuramos. De a poco, el bosque nos fue abrazando. 

El bosque se fue cerrando como un abrazo. El ruido de la ciudad quedó atrás y, con él, la prisa. Poco a poco, la respiración encontró su ritmo y algo adentro empezó a acomodarse. Caminar no era solo mover las piernas: era ordenar pensamientos, soltar pendientes invisibles, escuchar lo que normalmente se tapa con ruido.

En una subida complicada, Marta resbaló. Antes de que el miedo apareciera, dos manos la sostuvieron. Nadie dijo “gracias”, pero la sonrisa bastó. Desde ahí, el grupo cambió. Empezamos a avisar piedras sueltas, a regular el paso, a esperar al que se quedaba atrás. El sendero nos enseñó, sin discursos, que avanzar juntos no significa ir al mismo ritmo, sino cuidarnos.

Al llegar a un claro, hicimos una pausa. El sol se filtraba entre hojas y el silencio ya no incomodaba. Cerré los ojos un momento. Sentí el corazón latiendo fuerte, pero tranquilo. No pensaba en el trabajo, ni en deudas, ni en los pendientes, ni en lo que vendría después. Solo estaba ahí. Por primera vez en semanas, me encontré conmigo sin juicios.

Al final del camino, nadie era exactamente el mismo. El senderismo tiene su magia porque al caminar despierta algo simple y poderoso: el cuerpo se mueve, la mente se calma y el alma encuentra espacio. Regresamos hablando más, riendo fácil, sabiendo que ese sendero no solo nos llevó a un lugar, sino un poco más cerca de los otros… y de nosotros mismos.

Acompáñanos en nuestra próxima salida por los senderos seguros de Lloa Mágico. Más información: 099 933 3146. 

Texto con ayuda de la IA

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