La vida de Carolina parecía una carrera sin pausas. Madre, profesional, trabajadora y emprendedora, sus días comenzaban antes del amanecer y terminaban cuando el cansancio ya no le permitía más. Entre responsabilidades laborales, reuniones, cuentas por pagar y el cuidado de su familia, el estrés se había vuelto un compañero inevitable.
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| Senderistas descubriendo los encantos de Lloa Mágico junto a guías locales. |
Fue casi por casualidad que llegó al senderismo. Una invitación insistente, un domingo cualquiera, la llevó a dar sus primeros pasos por un camino rodeado de naturaleza. Al inicio, todo le parecía ajeno: el silencio, el susurrar del viento, el ritmo pausado de la caminata. Sin embargo, algo cambió.
Con cada paso, Carolina empezó a notar lo que antes pasaba desapercibido: su respiración se hacía más profunda, sus pensamientos dejaban de atropellarse y su cuerpo, por primera vez en mucho tiempo, parecía relajarse. No era solo caminar; era desconectarse por un instante y reconectar consigo misma.
El senderismo se convirtió en un espacio propio. Un lugar donde no había pendientes ni presión, solo el presente. Con el tiempo, los dolores de cabeza disminuyeron, el sueño mejoró y su ánimo se estabilizó. Aprendió a gestionar mejor el estrés y a encontrar equilibrio entre sus múltiples roles. Sus dos hijos también se han beneficiado con el cambio: menos presión, más diálogo, nuevas vivencias...
Hoy, Carolina además de recorrer senderos, inspira a otros a hacerlo. A sus 35 años entendió que cuidar de sí misma no era un lujo, sino una necesidad. Y en cada recorrido, entre montañas y caminos de tierra, encontró algo que creía inalcanzable: bienestar.
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