“Sentía que mi mente no se apagaba nunca”, recuerda. Las preocupaciones, las pendientes y la presión diaria formaban un ruido interno que lo acompañaba hasta en casa. Fue entonces cuando, por recomendación de un amigo, decidió probar algo distinto: salir a caminar por senderos naturales.
A sus 38 años, Luis lleva una vida marcada por las responsabilidades. Padre soltero, divorciado y con un trabajo absorbente, sus días transcurrían entre largas jornadas laborales y el compromiso inquebrantable de sacar adelante a su hijo. El tiempo parecía no alcanzarle y el estrés se había convertido en una constante difícil de ignorar.
Cuando se animó a caminar no sabía qué esperar. “Pensé que sería solo ejercicio, pero fue mucho más que eso”, cuenta. En medio de la naturaleza, lejos del tráfico y las exigencias, encontró algo que ya había olvidado: silencio. No uno vacío, sino uno lleno de calma.
Cada caminata se transformó en un espacio personal, terapéutico. Mientras avanzaba entre árboles y caminos de tierra, su mente empezaba a desacelerarse. “Es como si el ruido se quedara atrás con cada paso”, explica. Poco a poco, el senderismo se convirtió en su válvula de escape, en ese momento donde podía respirar sin prisa.
Hoy, Luis asegura que esta práctica no solo le ayudó a manejar el estrés, sino también a reconectarse consigo mismo. “No soluciona todo, pero te da claridad para seguir”, afirma. Y en medio de su rutina exigente, encontró en la naturaleza un refugio donde volver a empezar.
---


Comentarios
Publicar un comentario